La increíble historia de El Progreso, la cristalería artesanal de Ezpeleta que trabaja como lo hacían los fenicios

Quilmes. Sociedad
·
15 de junio de 2024

Surgió en 1947 en Berazategui, pero dos años después ya se mudó al partido de Quilmes. Con hornos que nunca se apagan y alcanzan los 1400 grados de temperatura, allí todavía se moldea el vidrio usando la técnica de un siglo antes de Cristo.

Atravesar su portón es como viajar en el tiempo. En Ezpeleta funciona desde 1949 la primera cooperativa del vidrio, que fue fundada dos años antes en Berazategui. Y esta cristalería artesanal, denominada un poco paradójicamente El Progreso, se destaca no sólo por su antigüedad, sino por su método de trabajo, que es el mismo que tenían los fenicios. 

Sí, aunque parezca increíble, estos artesanos del siglo XXI trabajan de la misma manera que los primeros hombres que crearon este arte del soplado del vidrio, un siglo antes de Cristo. 

Ezpeleta, cristalería artesanal, El Progreso
En El Progreso hay 170 trabajadores, que se alternan y cumplen turno de seis horas. Foto: Diego Arranz.

Actualmente son 170 los trabajadores asociados que, divididos en tres turnos, se enfrentan todos los días a un horno infernal, que nunca se apaga, y que permanentemente ronda los 1400 grados de temperatura. A contramano de los tiempos modernos, donde prácticamente en todos los rubros la producción está totalmente automatizada, acá la mayor parte, y la más importante, se hace literalmente a pulmón.

Cómo en la antigüedad: así se trabaja en El Progreso

Luego de que un grupo de obreros se ocupa de sacar el vidrio fundido del fuego, con la única colaboración de unas herramientas rudimentarias de metal, llega el momento de emplear el aire de los propios pulmones para soplar por unos moldes muy similares a las cañas ahuecadas que usaban los fenicios.

Ezpeleta, cristalería artesanal, El Progreso
Cuando un horno se apaga para hacerle mantenimiento, demora 15 días en enfriarse totalmente. Foto: Diego Arranz.

Estos verdaderos artistas disfrutan de lo que hacen. Por momentos hasta se olvidan del tremendo calor que soportan todo el tiempo, que los lleva a tener que hidratarse todo el tiempo y también, por ejemplo, a enfriar con una ducha las herramientas que manipulan.

En cada posta de trabajo hay ocho personas, con roles bien determinados. Una, por ejemplo, va al horno para traer la primera bola de vidrio. Otra la sopla, crea una burbuja y la gira. Y si hace falta la lleva al fuego nuevamente, para recargarla de vidrio. 

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De esa forma esa bola de color miel empieza a ganar volumen y llega a manos de los más experimentados, quienes soplan dentro de una matriz sin dejar de girar la caña. La precisión debe ser exacta. Hay tiempos y cantidad de giros que se deben respetar. 

También es clave la coordinación entre ellos para moverse con las cañas extendidas con una bola amarilla en la punta, tratando de no quemarse ni quemar a nadie. Por eso siempre se los ve muy concentrados. Y un dato a tener en cuenta es que nadie usa guantes a pesar de las temperaturas extremas que manejan. 

Por qué nunca se apagan los hornos

Como fue explicado, los hornos nunca se apagan porque el cambio de temperatura rompería los ladrillos refractarios. Y en un momento deben llegar exactamente a 1430 grados, porque es la temperatura en la cual se funde la materia prima, que es una mezcla de sílice, calcio, sodio y potasio.

Ezpeleta, cristalería artesanal, El Progreso
En El Progreso producen copas, vasos y jarras, que se venden principalmente a hoteles de categoría. Foto: Diego Arranz.

“La única posibilidad de apagar un horno es para hacerle algún mantenimiento. Pero para enfriarse tarda 15 días, porque va bajando 10 grados por hora. Y claro, después demora lo mismo para volver a la temperatura ideal”, le explicó a Zonales el presidente del Consejo de Administración de la cooperativa, Walter Cortez.

Además, destacó que todos los que forman parte de El Progreso se formaron allí: “Esto se hereda, por eso los nuevos empleados siempre son hijos o sobrinos de los trabajadores, que empiezan de chicos, a eso de los 16 años, y aprenden el oficio acá mismo, con la práctica”.

Ezpeleta, cristalería artesanal, El Progreso
El galpón de la cristalería ocupa casi una manzana, y ahí funcionó antes una empresa alemana. Foto: Diego Arranz.

Repasando esa historia que tan viva está en El Progreso, hay que decir que a finales del primer siglo A.C. fue cuando se creó el método del vidrio soplado, en la costa occidental del Mediterráneo (lo que hoy sería Siria), y por el pueblo fenicio. En ese momento, el soplador trabajaba con una caña con un orificio, con la que le podía dar una forma de gota hasta formas más complejas, e incluso soplar el vidrio fundido dentro de un molde.

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Esta técnica creció y se difundió gracias al Imperio Romano, que hizo que fuera más accesible su acceso a la población. Después de la caída del Imperio, el arte cae en desuso, aunque continúa creciendo en otros países, entre ellos Irak, Irán y Egipto. A fines del siglo XVIII, Venecia se convierte en el centro vidriero del mundo. El vidrio era tan precioso que hubo un tiempo en que los artesanos tenían prohibido salir de la Isla de Murano, para no develar los secretos de su oficio.

La llegada a Ezpeleta de una cristalería artesanal única

El tiempo transcurrió y, a comienzos del siglo XX, a partir de la creación de hornos de fuego continuo, la industria comenzó a masificarse. Pero en 1947 un grupo de 17 artesanos de la fábrica Rigolleau decidió emprender su propio camino, en forma de cooperativa.

Ezpeleta, cristalería artesanal, El Progreso
Todos los trabajadores cuentan con mucho orgullo el trabajo que realizan. Foto: Diego Arranz.

Así, haciendo frente al avance de la automatización, y a muchos problemas económicos, empezaron a crecer. Primero se instalaron en un pequeño galpón, pero en 1949 ya se mudaron a Ezpeleta, a lo que era una fábrica abandonada que pertenecía a unos alemanes, llamada Almet, y que estaba en remate.

Este espacio, que ocupa casi una manzana, lograron adquirirlo por medio de un crédito. Y aunque los desafíos que enfrentaron fueron grandes, y en algunos momentos estuvieron cerca de cerrar, desde 1955 hasta hoy están trabajando de forma ininterrumpida.

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Las jarras, vasos y copas que producen son vendidas mayoritariamente a hoteles de primera categoría y a regalerías. “Pero también tenemos un pequeño sector de venta al público, que funciona de lunes a viernes”, aclaró Cortez. Los horarios son de 8.30 a 12.20 y de 13.15 a 15.30.

Como destacó con orgullo uno de los trabajadores, realmente vale la pena visitar el lugar, porque “lo que hacemos acá tiene un valor agregado, ya que producimos como se hacía en la Antigüedad, como lo hacían los fenicios. No es lo mismo una máquina, en la que un empleado va y aprieta dos botones y se hace todo. Nosotros acá tenemos muchas horas de esfuerzo. Todas nuestras piezas son artesanales y únicas”.

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