El bodegón de Adrogué que es un clásico de 40 años al que van actores, jugadores de Boca y tiene al mozo más icónico del Sur
Con 150 platos y la atención personalizada de «Richard», Tirifilo se convirtió en el destino predilecto de cientos de persona que hacen reserva para ir. Secretos de una cocina que apuesta a la abundancia y los tiempos.

Richard, el mozo insignia de Tirifilo, el bodegón que desde Almirante Cordero y Spiro, en Adrogué, convoca multitudes.
En el sur del Gran Buenos Aires, exactamente a 21 kilómetros de la ruidosa Capital Federal, existe un bodegón en medio de enclave donde el tiempo parece haber pactado una tregua. Se trata de Adrogué, una localidad que conserva el aire señorial de sus fundaciones, con cúpulas de plátanos que abrazan las calles y jardines que perfuman las veredas. En este escenario, en la intersección de Almirante Cordero y Spiro, se erige una ochava que es mucho más que un restaurante: es Tirifilo, un espacio que logró romper la barrera geográfica y atraer a un público que llega desde todos lados solo para probar su cocina.
El nombre, rescatado del diccionario lunfardo, define al «petimetre» o al joven presumido. Sin embargo, la identidad de este rincón es la antítesis de la soberbia. Tirifilo es hospitalidad pura, un espacio donde la estética vintage de paredes de ladrillo visto, relojes antiguos y balanzas de pesas convive con una propuesta gastronómica contundente y honesta. Con una capacidad de 90 cubiertos entre el salón y las mesas exteriores -las más disputadas cuando el clima acompaña-, el lugar se mantiene lleno casi sin interrupciones desde hace 15 años.
Y no se puede hablar de Tirifilo sin mencionar a Ricardo Cáceres, o simplemente «Richard». Para los habituales, él es el «decano» de los mozos, un hombre que lleva más de cuatro décadas recorriendo los salones de Adrogué y que hoy es la cara visible de este éxito. Carlos Bravo, gerente general del establecimiento, lo confirma sin vueltas: “Muchos clientes vienen buscando a Richard”.

Richard comenzó su oficio a los 14 años en otro sitio emblemático, «El Trote». Su vínculo con el barrio es tan fuerte que nunca aceptó trabajar fuera de Adrogué. «Lo hice toda mi vida… Muchos profesionales actuales eran pibes de la secundaria que se hacían la rabona: los conozco desde esa época y ahora con muchos somos amigos. Ahora estoy por jubilarme. Siempre trabajé en Adrogué, en gran medida porque no me gusta viajar. A todas partes voy caminando. En Tirifilo estoy ya hace más de 10 años», le contó a La Nación con una mezcla de orgullo y sencillez propia de quien ama lo que hace.
Su presencia garantiza un trato familiar que hace sentir a cualquier desconocido como si estuviera comiendo en el living de su casa. «Qué se va a hacer, me quieren», confiesa Richard mientras recomienda el menú del día.

La fama de sus platos ha generado que figuras del deporte y el espectáculo tengan su lugar reservado. Es habitual encontrar a la actriz Lizy Tagliani, vecina ilustre de la zona, quien suele regresar a sus raíces para recargar energías. Para ella, el trato es el mismo que para cualquier vecino: un beso de Richard y un plato humeante.
El actor Joaquín Furriel, formado en el Colegio Nacional de Adrogué, se suma a esa clientela fija, especialmente en los mediodías, cuando busca la tranquilidad de la zona para disfrutar del menú ejecutivo.
El fútbol también tiene su espacio y dos glorias de los tres palos de Boca Juniors dan fe de esto. El «Mono» Navarro Montoya, uno de los más gfrandes arqueros de la historia del fútbol argentino es uno de ellos. El otro es Leandro Brey, el actual guardameta xeneize que mañana será titular en el Superclásico ante River.

El pibe, orgullo de Lomas de Zamora, suele pedir sin dudar los agnolottis a la tinta de calamar rellenos de salmón, un plato que se ha vuelto viral entre los fanáticos del club xeneize que se acercan al bodegón con la esperanza de cruzarse con el «pibe». Gabriel Hauche, ídolo de Temperley y Racing, tambipen es otro de los players habitué de Tirifilo.
Tirifilo, el gran bodegón de Adrogué
Detrás del despacho de platos monumentales está el chef Fernando Oviedo. Con experiencia en otros bodegones de renombre, Oviedo llegó a Tirifilo para imponer un ritmo diferente: uno basado en la serenidad. “Somos un equipo muy unido, elaboramos la comida sin presión, muy tranquilos, algo poco común en los restaurantes. Creo que el ambiente distendido se transmite, para cocinar bien es imprescindible respetar los tiempos”, asegura el cocinero.
La carta es un desafío para los indecisos, con más de 150 opciones. La consigna es clara: platos que pueden compartirse y precios que no asustan al bolsillo. La tortilla de papa a la española bien jugosa es, quizás, el mayor símbolo de esta generosidad, ya que su tamaño permite que hasta cinco comensales la repartan como entrada. Pero la cocina de Oviedo también se permite licencias de autor con preparaciones más sofisticadas, como el lomo Eduardo VII (con salsa demiglace, hongos y jamón glaseado), el risotto ai Funghi con osobuco braseado o el solomillo de cerdo a las tres mostazas.

El ritmo de Tirifilo cambia según la hora, pero nunca decae. De lunes a viernes, el salón se puebla de médicos de las clínicas cercanas, técnicos de laboratorios y trabajadores de las oficinas del centro de Adrogué que buscan un menú variado y rápido. Al caer el sol y durante los fines de semana, el perfil se vuelve puramente familiar y turístico, recibiendo a comitivas que llegan desde Quilmes, Lomas o la Capital.
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El lugar no es solo un restaurante, es una pieza del rompecabezas histórico de Adrogué. Su estética, cuidada pero sin el desorden que a veces agobia en otros bodegones, rinde tributo a las antiguas cantinas bonaerenses. Cada cuadro de personajes históricos y cada objeto antiguo en las repisas de madera parece estar ahí para contar una historia sobre la identidad del Sur.
Debido a su creciente popularidad, se ha vuelto casi indispensable realizar una reserva previa, sobre todo los sábados por la noche y domingos al mediodía. En un contexto donde la gastronomía a veces se vuelve pretenciosa y de porciones reducidas, Tirifilo resiste como un bastión del buen comer, donde el trato de Richard y la mano de Oviedo garantizan que nadie se vaya con hambre ni con ganas de no volver.







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