26 de Enero de 2022

La confesión de Diego Maradona a un compañero en el Boca del 81: el día que quiso dejar el fútbol

Buenos Aires. Deportes
·
30 de octubre de 2021

Hoy hubiera llegado a los 61 años, pero la muerte se lo llevó el 25 de noviembre de 2020. El fútbol le rinde tributo a uno de los mejores exponentes de la historia, que cuando aún era el Pibe Diez le confesó a un compañero que le tenía miedo a ser famoso.

Y un día Diego Maradona se fue, aunque ya llevaba demasiado tiempo ausente, casi sin habla, con un cuerpo que parecía soportar estoico tanto golpe recibido en tanto tiempo de tanta exposición, de tanto vértigo, de tanto exceso, de tanto genio, de tanto elogio, de tanta crítica, de tanto amor, de tanto odio, de tantos sí, de tantos que no se atrevieron a decirle no… de tanta fama.  

La creencia de su pretendida inmortalidad chocó contra tanta humanidad, porque Maradona fue el más humano de los héroes y -para muchos- el más héroe de los humanos. Errante, controversial y hasta rayano a lo delictivo ante los últimos testimonios desempolvados dos décadas después de una inentendible relación con una adolescente que ahora la Justicia intentará probar en un juicio post mortem, sin que el acusado pueda defenderse.

Todo eso, y mucho más, fue Diego Armando Maradona en los 21.941 días que lo tuvo pisando suelo firme hasta que el 25 de noviembre de 2020 partió para nunca más volver.

Ese mismo Diego Maradona que nació en el Hospital Evita de Lanús el 30 de octubre de 1960, que vivió en la casa de Villa Fiorito que quieren convertir en museo aunque aún mantiene el aspecto de tapera que albergó a una familia de laburantes.

El Maradona que fue Cebollita, el que tiró un caño apenas iniciado su bautismo en Primera con 16 años, el “gordito” que le hizo cuatro goles al Loco Gatti siendo un veinteañero; el que dio la vuelta olímpica en la Bombonera; el que sufrió Barcelona hasta conocer la droga; el que hizo rico en alegría al sur pobre de Italia con el Napoli poniendo de rodillas a los poderosos; el Barrilete Cósmico del Estadio Azteca; el que puteó a los tanos que silbaron el himno argentino; el que fue suspendido una y dos veces por doping; el que le cortaron las piernas; el que invitaba a pelear en Segurola y Habana; el que murió en Punta del Este y resucitó con un corazón funcionando a un tercio de su capacidad; conductor de televisión; el padre ausente al que le aparecían hijos hasta debajo de las piedras; el meme; el gif; el libro, el documental; el que fue espectáculo aun cuando no quiso serlo; el que fue explotado y abandonado; el que en medio de la pandemia sólo quería festejar sus 60 años rodeado de sus afectos pero no pudo hacerlo; el que fue empujado en el final de su existencia a ser esclavo de su propio negocio; el que poco antes de su muerte hicieron arrastrar los pies en una cancha cuando sobre el césped sólo sabía volar.

El dueño de la mejor zurda de la historia que llevó el fútbol al éxtasis y que en medio de la primera convulsión de su carrera, cuando estaba en Boca Juniors, le dijo a un compañero que le temía a la fama. Una premonición, cuanto menos.

Aquella confesión de Diego Maradona

El vínculo de Diego Armando Maradona con Boca registra miles de episodios: emocionantes, festivos, tristes, inverosímiles. De aquel pibe que llegó cargado de sueños en 1981 al ya glorioso ídolo de mechón rubio que se retiró en 1997.

De sus frases como hincha a sus momentos como embajador del club, metiéndose en el vestuario a festejar un título con el equipo de Alfio Basile. De su partido homenaje en la Bombonera con la 10 de Juan Román Riquelme como último uniforme a los dardos al hoy vicepresidente desde afuera. Quizás uno de los capítulos más desconocidos y fantásticos de esta historia haya sido durante una gira por África que el Diez llevó adelante con los Xeneizes.

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Diego aparece en una Bombonera colmada: escenario de un romance fugaz pero eterno.

«El pase a Boca lo inventé yo», dijo tiempo después Diego. El Xeneize no estaba en una época para despilfarrar… El club venía de ganar absolutamente todo durante el ciclo comandado por Juan Carlos Lorenzo: dos Libertadores, una final argentina a River, la Intercontinental en Alemania… Como sucede siempre después de un período exitoso, la transición era complicada tras la salida del Toto y del hombre que lo había contratado: Alberto J. Armando.

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Entre sueldos altos y resultados bajos para lo que estaba acostumbrado Boca, las cuentas empezaban a estar en rojo. Pero Diego no entendía de matemáticas: su sentimiento le pedía vestir la azul y oro.

Diego le pega de zurda en una gira con Boca.

Buscado por River y por Barcelona, Maradona decidió ponerse al frente de las negociaciones: «No, no firmo con River porque me llamó Boca», le dijo al diario Crónica desde Corrientes, donde disfrutaba de unas cortas vacaciones. No había nada cierto, pero los dirigentes del Xeneize no podían dejarla pasar. Así que el presidente Martín Benito Noel, a pesar de todos los cálculos adversos, decidió cerrar las negociaciones para que el Diez se mudara de La Paternal a orillas del Riachuelo.

Lo que sigue es una película conocida: Maradona fue genio y figura del Metropolitano 1981, uno de los títulos más recordados de la vida de Boca, y quedó identificado para siempre con los colores de la bandera. Pero la fiesta había que pagarla… Y Diego, un astro planetario desde su consagración en el Mundial juvenil de Japón en 1979, era un producto más que vendible.

Fue por eso que el club organizó una serie de amistosos en todos los continentes, salvo Oceanía: entre 1981 y 1982, Boca visitó Brasil, Perú, Ecuador, Guatemala, México, Estados Unidos, España, Italia, Francia, Costa de Marfil, Hong Kong, Malasia y Japón, además de recorrer de punta a punta el país. Y fue en uno de esos tantos viajes que Maradona tiró una confesión impactante…

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Apenas 21 años tenía Diego en aquel entonces. En plena cresta de la ola, con Boca campeón del Metropolitano, Pelusa se encontró arriba de un avión cruzando el Océano para ir a jugar a África. Y, sentado al lado del aguerrido Roberto Aníbal Passucci, a diez mil metros de la tierra, el Diez se confesó con el siguiente diálogo:

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“Che, Passu, no puedo dormir…”, dijo codeando a su compañero de asiento.

“¿Qué te pasa, Diego?”, le contestó un hombre de frondoso bigote y algo más experimentado a sus 25 años.

“No puedo soportar la fama, no puedo estar tranquilo en ningún lado. Tengo que hacer malabares para que la gente no me vea…”, le contó casi entre lágrimas el astro.

«Él percibía lo que se venía y sabía que no iba a poder soportarlo», contó Passucci, un sacrificado y valorado polifuncional del Boca de aquellos años. Ya tapa de revistas deportivas y de información general, ya protagonista de radio y televisión, ya buscado por todos los grandes clubes del mundo (meses después se cerraría su traspaso al Barcelona), Maradona pensó en dejar todo muy temprano. Afortunadamente, desahogándose en un avión con otro de sus compañeros, revisó su decisión y regó de gloria el suelo argentino.

Y otros suelos también. Tanto que no tiene uno, sino tres estadios con su nombre, en La Paternal, en Nápoles y (aunque con un tinte de más oportunismo político que de sintonía con su césped) en La Plata. Resulta contra fáctico descifrar qué hubiera pasado si Diego le daba la razón al miedo primigenio que lo asaltó en aquel vuelo. Seguramente no hubiera existido Maradona ni tampoco estas líneas que intentaron explicar lo inexplicable que fue y aún es entender el fenómeno Diego Armando Maradona.

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