El crack de River que se cansó de hacer goles sin ganar un título y una tragedia se lo llevó muy joven
Fue uno de los talentos que quedaron marcados en la sequía más prolongada del Millonario, club del que era fanático. Mediocampista fino al que le salía muy fácil el gol, Ermindo Onega murió a los 39 años.

Ermindo Onega, un crack al que le faltó el reconocimiento de los títulos en River.
Es común hoy medir la valía de un futbolista por los títulos ganados. Si se hubiera aplicado ese criterio de evaluación durante las décadas del 50 y 60, cuando apenas había un campeonato local por temporada e incipientes competencias internacionales, algunos cracks de aquella época habrían quedado en el olvido. Hubiese sido una tremenda injusticia, por ejemplo, con Ermindo Ángel Onega, notable volante ofensivo que marcó casi 100 goles para River pero no pudo darse el gusto de liderar una vuelta olímpica en el club del que era hincha.
El Ronco Onega, un crack sin corona
Ermindo Onega nació el 30 de abril de 1940 en Las Parejas, localidad santafesina que ha sido cantera de grandes jugadores. Debutó en la última fecha del torneo de 1957, con apenas 17 años y River ya campeón. Fue una derrota por 5-1, tal vez una señal.
En la década siguiente, el mayor de los Onega (su hermano Daniel Germán también brilló con la banda roja en el pecho) fue referente, en la mayoría de las buenas y en todas las malas, de un River siempre protagonista que no lograba cerrar con éxito sus intervenciones en los certámenes argentinos.

La platea San Martín, con merecida fama de exigente, reconocía y disfrutaba de los pasajes de calidad ofrecidos por el Ronco, un fiel exponente de la mejor escuela millonaria, pero no dudaba en señalarlo como principal responsable por las defecciones en momentos críticos.
Ermindo Onega: de héroe a villano y viceversa en 1966
Al margen de la legitimidad de algunos cuestionamientos, Onega calificaba entre los mejores futbolistas del país a mitad de la década del 60. Ya había cumplido una destacada actuación en el seleccionado que obtuvo la Copa de las Naciones en 1964, luego de vencer sucesivamente a Portugal, Brasil (dueño de casa, vigente bicampeón del mundo) e Inglaterra.
En 1966 era una de las cartas ofensivas del director técnico Renato Cesarini, quien se ilusionaba con cortar la sequía en alguno de los dos frentes. En el plano local arrancó bien, con un muy festejado triunfo sobre Boca en la Bombonera por 3-1, pero le apareció un inspirado Racing, conducido por Tito Pizzuti, que acabó por consagrarse un par de fechas antes del final.
La Copa Libertadores, entonces, pasó a ser el gran objetivo. Y River, en la que fue su primera presentación, llegó hasta la instancia decisiva. Enfrente lo esperaba Peñarol, que se había quedado con las ediciones inaugurales en 1960 (venció a Olimpia de Paraguay) y en 1961 (Palmeiras de Brasil).
Ausente Ermindo en la ida, los uruguayos se impusieron 2-0 en Montevideo. Con la vuelta del Ronco y dos goles suyos, River ganó 3-2 en la revancha. De acuerdo con las normas de entonces, hubo que realizar un tercer partido de desempate en terreno neutral. Fue en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, el 20 de mayo.
La historia es bastante conocida: River prevalecía ampliamente en el tanteador (2-0, con goles de Daniel Onega y Jorge Solari) y en el juego hasta mitad del segundo tiempo. Reaccionó Peñarol e igualó en seis minutos gracias a los tantos de Alberto Spencer y Julio Abbadie. Fueron a una prórroga y el bravo cuadro oriental remató la faena con cabezazos del ecuatoriano Spencer y de Pedro Virgilio Rocha. Este video, con relatos de Julio Ricardo, sintetiza la increíble remontada.
Para River y en especial para Ermindo fue un golpe duro. Tuvo desquite pronto, en el Mundial de Inglaterra. Le aportó la cuota de toque y vistosidad a una Selección fuerte y especuladora, eliminada por los locales en un polémico cruce de cuartos de final.
El pase a Uruguay y el retiro silencioso
La carrera de Ermindo continuó en Peñarol, su verdugo en aquella Copa Libertadores, a partir de 1969. Volvió al país para sumarse a un Vélez donde brillaba Carlos Bianchi y tuvieron juntos algunas jornadas para el elogio. Se retiró en Deportes La Serena, de Chile.

Junto al Indio Solari, uno de sus mejores amigos, fue promotor de la escuela Renato Cesarini. Encontró ahí la manera de seguir vinculado a la actividad y transmitir sus conocimientos. En uno de los habituales viajes desde Rosario, por la Ruta 9, sufrió un accidente que le costó la vida, a la altura de Lima, el 21 de diciembre de 1979.
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Aquel día, en medio de la congoja, más de uno habrá recordado lo bien que jugaba ese hombre, más allá de que el destino le haya negado la posibilidad de sentirse campeón.







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