La increíble historia de un goleador letal de Boca: era oficinista de lunes a viernes y los domingos la rompía
Es uno de los artilleros icónicos del Xeneize, con un registro de 46 tantos en 74 partidos. Durante la semana no se entrenaba con el resto del plantel pero eso no era un problema.

El vuelo en palomita de Severino Varela para hacerle un gol a River en La Bombonera.
Cuentan que los dirigentes de Boca, ansiosos de fortalecer el plantel para batallar contra la poderosa Máquina de River Plate, no estaban del todo convencidos de traer a Severino Varela. Sabían de la capacidad de gol del uruguayo y de sus formidables antecedentes en Peñarol. Habían sido testigos, además, de su elevado rendimiento en la Copa América de 1942, disputada en Montevideo y conquistada de manera invicta por los locales.
Sin embargo, la veteranía de Severino (próximo a cumplir 30 años, una edad alta para los parámetros de la época) y las posibles consecuencias de algunas lesiones recientes los hacían dudar del fichaje. Se acordó entre ambos clubes, con anuencia del futbolista, una suerte de prueba, algo hoy difícil de imaginar en el ámbito del deporte profesional. A modo de preparación para el torneo y con el objetivo prioritario de testear al futuro refuerzo, se armó un amistoso.
El 14 de abril de 1943, cuatro días antes del inicio de la competencia oficial, Boca y Argentinos Juniors midieron fuerzas en la Bombonera. Iban apenas tres minutos cuando un cabezazo de Varela abrió el tanteador. El partido, con escaso rigor defensivo de ambos lados, terminó 4-4. Lo importante fue que el debutante uruguayo confirmó que se encontraba en condiciones de ayudar a Boca para romper la hegemonía riverplatense. Y vaya si lo hizo.
Oficinista en la semana, goleador el domingo
Envalentonado por el resultado satisfactorio de su examen con la camiseta azul y oro, Severino Varela -nacido el 14 de septiembre de 1913- arregló condiciones especiales con las autoridades xeneizes: de lunes a viernes permanecería en la capital uruguaya, cumpliendo funciones en dependencias de las Usinas Termoeléctricas del Estado, y una vez cumplido su horario laboral se trasladaría a Buenos Aires para sumarse al equipo.

El peculiar contrato fue un gran acierto. Varela pudo continuar sus labores en Montevideo, consciente de que necesitaría de ese puesto cuando se retirara del fútbol, y Boca incorporó a un temible atacante, decisivo en situaciones límite. Aportó 20 goles en 21 encuentros y fue el segundo artillero, apenas uno por debajo de Jaime Sarlanga. Con ellos como principales arietes, más la solidez de la línea media capitaneada por Ernesto Lazzatti, Boca fue campeón.
El domingo 26 de septiembre, con un doblete a River, Severino acabó por conquistar el corazón de la hinchada boquense. Los Millonarios se imponían 1-0 y se afirmaban en la punta del certamen. Estaba por acabar el primer tiempo cuando un centro de Carlos Sosa parecía irse fuera del campo. Ante la sorpresa del arquero y los defensores rivales, Varela, quien usaba una boina blanca, se zambulló en palomita y conectó de cabeza para el empate parcial.
Hubo otro gol del uruguayo en la segunda etapa, Boca dio vuelta el superclásico y enderezó la marcha hacia el título. Lo consiguió en la última fecha, con un 2-0 a Ferro de visitante. Boca volvía a disfrutar de una vuelta olímpica y mucho peso tuvieron tres de sus forwards: el Atómico Boyé, Piraña Sarlanga y, desde entonces y para siempre, La Boina Fantasma, el apodo que identificó a Varela.
Más goles y festejos de Severino Varela en Boca
Así como River había hilvanado un par de consagraciones consecutivas, en 1941 y 1942, Boca no se quedó atrás: al campeonato de 1943 le agregó el del año siguiente, otra vez con Severino (21 presencias, 15 gritos) como factor de desequilibrio. Los 11 habituales salían de memoria: Claudio Vacca; José Marante, Víctor Valussi; Sosa, Lazzatti, Natalio Pescia (el que le dio su nombre a una cabecera); Boyé, Pío Corcuera, Sarlanga, Varela y Mariano Sánchez.

La de 1945 fue la temporada de despedida del notable oriental. Boca logró una Copa, la Confraternidad, pero se quedó en la puerta del Tri: donde se ubicó como escolta a cuatro unidades de River. Varela decidió regresar a su país. Se puso nuevamente la casaca aurinegra de Peñarol y cerró su campaña en Sud América, ya con 35 años.
Indelebles en la memoria son sus impactantes promedios de gol en clubes y en la selección uruguaya, la disciplina que tuvo para trabajar mientras jugaba y aquella boina blanca icónica, fantasmal, símbolo de una época dorada del fútbol en las dos orillas del Río de la Plata.







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