La historia de Marito Di Stéfano: de atender un almacén en Ezeiza a ser el utilero estrella de la Selección
Llegó a la AFA hace casi 30 años. Construyó un vínculo único con Lionel Messi, Lionel Scaloni y varias generaciones de futbolistas gracias a una historia de esfuerzo, confianza y perfil bajo.

Marito Di Stéfano es uno de los hombres de confianza de Lionel Scaloni. Foto: AFA
Mientras la Selección Argentina se prepara para afrontar este miércoles desde las 16 uno de los partidos más trascendentes del Mundial 2026, cuando enfrente a Inglaterra por una de las semifinales en Atlanta, hay un hombre que trabaja lejos de los flashes pero que es considerado indispensable puertas adentro del plantel. Se trata de Mario «Marito» Di Stéfano, el histórico utilero de la Albiceleste y un símbolo silencioso del ciclo más exitoso del fútbol argentino.
Antes de convertirse en una pieza clave de la AFA, Marito atendía un almacén en Ezeiza desde el que proveía mercadería al predio de la Asociación del Fútbol Argentino. Ese vínculo le abrió una oportunidad inesperada: en 1997 ingresó a la utilería de las selecciones juveniles y jamás volvió a irse.
Además de preparar camisetas, botines y canilleras, Marito tiene otra misión que forma parte de la mística del equipo. En cada concentración arma un altar con una imagen de la Virgen de Luján, acompañada por figuras de San Cayetano y San Expedito. Para él es una manera de pedir protección para la Selección y, para muchos fanáticos, se convirtió en un amuleto antimufa.
Del almacén de Ezeiza al vestuario de la Selección
La historia de Marito dentro de la AFA comenzó cuando administraba su negocio y abastecía al predio. Quienes trabajaban allí conocieron su compromiso y lo convocaron para formarse como reemplazante del utilero de las juveniles.

Su primera experiencia fue con la Selección Sub 20 dirigida por José Pekerman. Allí conoció a futbolistas que luego marcarían una época, entre ellos Pablo Aimar, Walter Samuel, Esteban Cambiasso y Lionel Scaloni. A Lionel Messi lo recibió cuando apenas tenía 16 años y era un adolescente tímido que comenzaba su camino con la camiseta argentina.
Con los años construyó una relación cercana con los planteles. Él mismo resumió alguna vez esos vínculos con una frase que refleja el lugar que ocuparon dos ídolos nacionales en su vida: «Diego fue un hermano y Leo es como un hijo».
También fue muy cercano a Juan Román Riquelme. En los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 estuvo a punto de no viajar porque su madre atravesaba un delicado estado de salud, pero los jugadores pidieron que estuviera presente. Riquelme llamó a su madre y le prometió que Argentina ganaría la medalla dorada y que él mismo se la colocaría al regreso. Cumplió su palabra.
Los códigos que lo volvieron una figura indispensable
Apenas llegó a la AFA, Pekerman le dio un consejo que marcó toda su carrera: los jugadores podían contarle cosas que ni siquiera sabían sus padres. Marito entendió que la confidencialidad era parte esencial de su trabajo y convirtió esa enseñanza en una regla inquebrantable.

En 2012 recibió una importante oferta económica para revelar intimidades del vestuario, pero la rechazó. Para él, la confianza de los futbolistas nunca estuvo en venta. Por eso suele definir la utilería como un confesionario y al utilero como una especie de cura del plantel.
Su trabajo también dejó anécdotas inolvidables. En sus primeros años llevó 22 canilleras para un plantel de 22 jugadores, sin calcular que cada futbolista necesitaba dos. En Beijing, además, entregó por error dos botines izquierdos a Pablo Zabaleta. Con el tiempo perfeccionó cada detalle y aprendió a llevar tres juegos de camiseta por jugador.
Durante el ciclo de Lionel Scaloni se transformó en una figura todavía más reconocida. Se viralizó por el beso accidental que le dio al entrenador durante la Copa América 2024 y fue levantado en andas por los campeones. Tras casi tres décadas, continúa emocionándose con cada triunfo y sueña con llegar al Mundial 2030. Para los jugadores es familia; para Marito, el predio de Ezeiza sigue siendo su segunda casa.







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