Marcha por Juan Cruz Leal: el dolor de una familia de Ituzaingó tras el crimen de su hijo y el fantasma del gatillo fácil
El joven de 21 años fue baleado por el oficial Lucas Adrián Gómez mientras iba a jugar al fútbol. La defensa del policía alega un intento de robo, pero la familia denuncia una ejecución. Hoy harán un pedido de Justicia

Juan Cruz Leal trabajaba y cursaba el tercer año de Ingeniería en Sistemas en la Universidad de Morón, era programador y estudiaba inglés. Lo mató un policía en Ituzaingó en un posible caso de gatillo fácil.
La madrugada del 12 de marzo, el teléfono de Diego Leal sonó con esa urgencia que nadie quiere escuchar. Lo que siguió no fue una noticia, sino el inicio de un calvario: su hijo, Juan Cruz Leal, de apenas 21 años, agonizaba en el Hospital del Bicentenario tras haber sido acribillado por un efectivo de la Policía de la Ciudad en Ituzaingó.
Juan Cruz no era un desconocido en el barrio. Trabajaba en Zero Gym, el gimnasio de su padre, ubicado a pocas cuadras de su casa. Aquel jueves, el destino se ensañó en los detalles: no encontraba sus botines, se le hacía tarde para un partido de fútbol que empezaba a las 22 y, para ganar tiempo, decidió sacar la moto en lugar del auto. A las 22:07, mientras circulaba junto a su amigo Daniel Kuhne, se cruzó con el oficial Lucas Adrián Gómez, quien se encontraba fuera de servicio y viajaba con su pareja en otra motocicleta.
La muerte de Juan Cruz Leal: ¿fue un gatillo fácil?
Según la declaración de Daniel, el testigo clave que viajaba en la parte trasera de la moto junto a Juan Cruz, no hubo persecución, ni amenazas, ni voz de alto. «Iban en la misma mano los dos. Mi hijo esquiva un lomo de burro y unos autos estacionados. Este asesino le cruza la moto e intempestivamente arranca a disparar», relata Diego Leal, reconstruyendo el testimonio de su amigo. Juan Cruz recibió tres impactos de bala; uno de ellos le perforó la pierna, desatando una hemorragia masiva que le provocó tres paros cardiorrespiratorios. El último fue irreversible.
En contraste, el oficial Gómez -detenido e indagado por la fiscal María Alejandra Bonini– sostiene una versión diametralmente opuesta. Su abogado defensor, Guillermo Endi, asegura que el policía percibió una «maniobra ilegítima» por parte de los jóvenes.

Gómez declaró haber visto por el retrovisor una moto con luces altas que se le acercaba peligrosamente y que intentó esconderse tras una camioneta Traffic para evitar un asalto. «Me quiero esconder atrás de la camioneta… para que ellos continúen su marcha«, afirmó el imputado, justificando su reacción armada como una defensa ante un robo que, según la fiscalía, nunca existió. Juan Cruz solo llevaba un bolso con botines y una botella de agua.
El drama de la familia Leal no terminó con los disparos. Cecilia Otero, la madre de Juan Cruz, comenzó a preocuparse cuando su hijo no llegaba al partido ni respondía los mensajes. Gracias a que la novia del joven logró activar la ubicación del celular, descubrieron que el teléfono estaba en la Comisaría 4° de Ituzaingó. Al llegar, la mujer denunció que los efectivos le negaron información, evitaron sus preguntas y ocultaron que el joven estaba herido de muerte en un hospital cercano.
Recién a la 1 de la madrugada, tras insistir desesperadamente, le dieron una versión que la familia califica de infame: «Su hijo intentó robarle a un policía». Cecilia relata que le robaron los últimos minutos de vida de su hijo, ya que solo pudo verlo segundos antes de que entrara al quirófano, cuando sus posibilidades de supervivencia eran nulas.
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Juan Cruz era mucho más que una estadística en las noticias policiales. Cursaba el tercer año de Ingeniería en Sistemas en la Universidad de Morón, era programador y estudiaba inglés con la meta de proyectarse profesionalmente. Además, como personal trainer, ayudaba a su padre en el gimnasio familiar y era descrito por todos como un joven «bondadoso y súper generoso».
«Ahora no solo te tenés que cuidar de que te roben, también de la policía. ¿Quién le dio un arma a alguien que no está capacitado para salir a la calle estando fuera de servicio?», cuestiona Diego Leal, quien hoy se encuentra en una situación de parálisis total. El gimnasio Zero Gym permanece cerrado; Diego asegura que ya no tiene fuerzas para seguir con su vida cotidiana. «Todo lo que estoy haciendo es buscar justicia por Juan Cruz y una vez que tenga la perpetua de este asesino, veré cómo sigo, si sigo», confesó con una entereza quebrada.

La defensa del oficial Gómez intentó recientemente ampliar la declaración indagatoria, haciendo foco en un supuesto «temor» del policía debido a un intento de robo previo sufrido el año pasado. Sin embargo, los investigadores analizan los domos de seguridad municipales. Según trascendió, en las grabaciones se vería al oficial coleando la moto y efectuando los disparos desde arriba del vehículo, una maniobra que contradice la idea de una legítima defensa proporcional. Incluso, el propio Gómez relató que un oficial de la Bonaerense que lo detuvo le recriminó en el momento: «Hiciste cagada. Se ve en un domo».
La fiscalía N° 2 de Morón mantiene la acusación por homicidio, mientras la familia Leal exige que la investigación también alcance a los efectivos de la policía provincial que, según denuncian, intentaron «plantar» la hipótesis del robo para encubrir a un colega de otra fuerza.
Por eso hoy, viernes 26 de marzo a las 17, los amigos, familiares y la comunidad de Ituzaingó se concentrarán en la Plaza San Martín. El pedido es uno solo: justicia ejemplar. Mientras tanto, en las redes sociales y en las calles del barrio, el nombre de Juan Cruz se multiplica como un símbolo del hartazgo frente a la violencia institucional.
«Mi hijo gritaba en el piso que no se quería morir y que no había hecho nada», concluye la madre del joven. «Queremos justicia, que se esclarezca esto, que esta persona tenga la condena que tiene que tener. Mi hijo era una persona sana que trabajaba y estudiaba, era personal trainer y estaba lleno de vida y le sacaron la posibilidad de cumplir todos sus sueños. Yo pido esa justicia».
Para sus padres, no hay consuelo posible, solo la promesa de no descansar hasta que el responsable del disparo cumpla la pena máxima, buscando que su caso sirva para que la policía se capacite realmente para cuidar y no para destruir familias a la deriva.







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