Los tres futbolistas consagrados como ídolos en San Lorenzo que también jugaron en Huracán
Surgieron del emblemático equipo de los Carasucias pero años más tarde cruzaron de vereda en la antesala de una de las formaciones más recordadas del país. Historias del clásico de barrio más grande del mundo.

Los legendarios Carasucias de San Lorenzo: Narciso Horacio Doval, Fernando José Areán, Victorio Francisco Casa, Héctor Rodolfo Veira y Roberto Marcelo Telch.
Este sábado, por la séptima fecha del Torneo Clausura, se disputa “el clásico de barrio más grande del mundo”. San Lorenzo de Almagro y Huracán supieron construir una rivalidad que se vive intensamente en el sur de la ciudad de Buenos Aires, zona de tangos y bohemia.
Aunque desde hace más de una década los partidos se llevan a cabo solo con parcialidad local, sin atisbos de que esa situación cambie, debe recordarse que el Viejo Gasómetro y el Palacio Ducó se embanderaban con los colores respectivos en cada cruce. Y también es justo destacar que pasar de un cuadro a otro, hoy casi una utopía, fue práctica común allá por los 60 y 70.
Personajes queridos en las dos veredas
Alberto Rendo nació el 3 de enero de 1940. Narciso Horacio Doval lo hizo cuatro años más tarde: 4 de enero de 1944. Héctor Rodolfo Veira es del 29 de mayo de 1946. Los tres de origen porteño, pibes de esos que peloteaban todo el día en la calle y eran tan eficaces a la hora de gambetear rivales como para eludir los libros… La vocación por el fútbol pronto pasó a ser una profesión para ellos: los tres debutaron muy jóvenes en Primera División.
Rendo (Toscano, volante de baja estatura y alta calidad) arrancó en Huracán. Doval (Loco, delantero, irresistible para los defensores rivales y la platea femenina) y Veira (Bambino, media punta, ídem anterior) empezaron en San Lorenzo. Los tres coincidieron en el Ciclón desde 1965 hasta 1967.
Paradójicamente (o no tanto, porque siempre sobresalió por su comportamiento irreprochable) Rendo fue el único de los tres con un rol protagónico en aquel equipazo bautizado como Los Matadores, campeones invictos en el Metropolitano de 1968 tras vencer en una de las semi a River (3-1) y en la final a Estudiantes (2-1 en tiempo suplementario).

Veira apenas sumó cuatro presencias en aquella campaña y Doval había quedado al margen, después de que la azafata de un vuelo denunciara que había sido abusada por el futbolista. Toti Veglio y el Lobo Fischer supieron disimular las calificadas ausencias. Conducía a ese inolvidable San Lorenzo el brasileño Elba de Padua Lima, Tim, autor de la famosa frase de la manta corta.
De San Lorenzo a Huracán, otra vez juntos
Seducido por el boxeador Oscar Natalio Bonavena, compinche de salidas y parrandas, Veira se animó a cruzar de vereda y en 1970 pasó a vestir la camiseta del Globo. Lo siguió Rendo, quien de esa forma volvía a su lugar de formación, y entre los dos convencieron a Doval, incorporado en 1971.
Osvaldo Juan Zubeldía fue el primer director técnico de ese plantel lleno de nombres importantes, pues también lo integraban un zaguero con experiencia grande (Alfio Basile), un pibe prometedor en la media cancha (Miguel Brindisi) y un delantero goleador (Roque Avallay).

Los resultados no acompañaron y Zubeldía, en su primer trabajo luego del brillante ciclo en Estudiantes de La Plata, dejó el cargo. Lo sucedió César Luis Menotti, quien empezó a moldear uno de los campeones más recordados de la historia: el Huracán de 1973.
Rendo, Doval y Veira ya no estaban en la Quema para entonces. Toscano se había retirado, a la edad que se acostumbraba en esa época. El Bambino intentó, sin éxito, recuperar su nivel en San Lorenzo y, al margen de sus antecedentes de indisciplina, acabó por transformarse en un entrenador de prestigio.
El de mayor suceso futbolístico fue el Loco, pese a los excesos fuera de la cancha que le provocaron una temprana muerte a los 47 años. Con su juego atrevido y atrayente, con muchos goles también, Narciso logró la proeza de convertirse en ídolo de los dos colosos de Río de Janeiro. Aún hoy, en Flamengo y Fluminense se lo recuerda con admiración.
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