El drama de un ídolo que no soportó el olvido y tomó una drástica decisión: “El teléfono no sonó más”
Fue campeón de América e Intercontinental, capitán de un equipo inolvidable y autor de un gol histórico. Tres años después de su retiro del fútbol entendió que sus días de gloria se habían terminado.

Rubén Suñé baja del avión con la Copa Intercontinental, por delante de Alberto J. Armando.
Ya de grande, durante el último tramo de una vida que supo de la cumbre del reconocimiento popular y de la crueldad del olvido mayoritario, Rubén José Suñé aseguraba que su mayor alegría en el fútbol fue cuando desde Boca le confirmaron su fichaje como jugador de las divisiones inferiores de la institución. Y no dejaba de llamar la atención que lo dijera él, protagonista destacado de varias de las gestas más recordadas por la gente del club.
El Chapa, como se lo conocía, hubiera cumplido 79 años este sábado. Debutó en Primera con 19, se desempeñó como lateral derecho en su primer ciclo y volante central en el segundo, combinó garra y técnica como pocos, conquistó ocho títulos, marcó uno de los goles más importantes en la historia xeneize y sobrevivió milagrosamente a un intento de suicidio, aturdido por el silencio y la monotonía que se sucedieron luego del retiro.
Rubén Suñé, de la cantera a la Primera
Adolfo Alfredo Pedernera, pieza clave de La Máquina de River en la década del 40, fue el hombre elegido por el presidente Alberto J. Armando a mitad de los años 60 para manejar el fútbol de Boca. Pedernera fue entrenador de la Primera y gestor del predio de La Candela, donde se empezaron a moldear los futuros cracks.
A fines de 1966, tras la consagración del Racing de José, el DT con pasado millonario sorprendió al Puma Armando: “No traiga refuerzos, con los pibes que hay abajo vamos a armar un gran equipo”. El dirigente le hizo caso, tuvo paciencia pese a que no fueron satisfactorios los resultados iniciales y en 1969 se dio el gusto de festejar dos vueltas olímpicas con un plantel donde sobresalían unos cuantos canteranos.

Rubén Suñé empezó como mediocampista ofensivo, de buen manejo. En su estreno oficial, el viernes 17 de marzo de 1967 en un 2-1 a Colón como local, ya apareció con el 4 en la espalda, número que lo identificó durante su primer período en Boca.
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Tras el retiro de Carmelo Simeone, ese mismo año, se adueñó del puesto. Y en 1969, con la llegada de Alfredo Di Stéfano -otro ex River- a la dirección técnica, adquirió mayor relevancia. Fue el capitán de un equipo lleno de nombres pesados: Antonio Roma, Silvio Marzolini, Ángel Clemente Rojas, hasta Antonio Ubaldo Rattin en la última etapa de su formidable carrera.
El Chapa sumó solo tres presencias en la campaña que concluyó con el logro de la primera Copa Argentina, debido a que Di Stéfano prefirió al cordobés Luis Salvador Raspo. En el Nacional, donde Boca desarrolló un juego admirado hasta por los ajenos, Suñé completó los 90 minutos en 16 de las 17 fechas. Para entonces ya era el encargado de los penales. Marcó por esa vía en el 1-1 ante Unión en Santa Fe y, llegando por sorpresa al área, fue autor del 1-0 a Vélez en la Bombonera.
Alejamiento en 1973 y regreso en 1976
“Suñé no está en mis planes”, declaró Rogelio Antonio Domínguez al asumir como DT xeneize en 1973. Fue un golpe duro para Rubén. Debía irse del lugar donde creció y se formó. Huracán, dirigido por César Luis Menotti, le dio cabida en el segundo semestre del año. Y un entrenador de estilo contrario, Juan Carlos Lorenzo, lo convenció para incorporarse al recién ascendido Unión en 1975.
Fue tan bueno su rendimiento con los santafesinos que Lorenzo, a poco de firmar para Boca en 1976, pidió su contratación. Necesitó persuadir a Armando, no del todo seguro de que ese retorno era conveniente. Suñé le demostró muy pronto que sí: otra vez con el brazalete, ahora parado como 5 en la mitad de cancha, fue un líder indiscutido. Lo respetaban los adversarios y, mucho más importante, sus compañeros.

“Suñé es sinónimo de Boca. Fue el mejor capitán que tuve en mi carrera. Sabía con la pelota y metía como ninguno”, lo elogia Jorge Daniel Ribolzi, el Ruso, uno que no se quedaba atrás en ninguna de las dos facetas.
El año terminó con Boca bicampeón. Aventajó en el Metropolitano a Huracán y superó en la final del Nacional a River, con un golazo de tiro libre del Chapa Suñé. Lorenzo ya tenía la base para ir por la gloria fuera de las fronteras. Y así fue: dos Libertadores y una Intercontinental, todas con el Chapa levantando las copas.
El dolor después del fútbol para el Chapa Suññé
La segunda fase de Suñé en Boca concluyó el 27 de noviembre de 1980, con un amistoso para inaugurar la iluminación en el viejo estadio de Deportivo Morón. En 1981 integró el plantel de San Lorenzo que se fue a la B, algo para lo que no estaba preparado, y colgó los botines.

Rubén usó una metáfora demoledora para graficar la soledad del día después del fútbol: “De golpe, el teléfono no sonaba más”. Recién se habló nuevamente de Suñé el 22 de junio de 1984, cuando decidió tirarse desde el balcón de un séptimo piso en Pompeya. Su cuerpo granítico y su corazón enorme impidieron que muriera. Permaneció cuatro meses internado y otros nueve bajo estricto tratamiento psiquiátrico.
Volvió el domingo 22 de septiembre de 1985 a la Bombonera, en un Boca 2-Unión 1. Abrazado al Loco Gatti, escuchó el grito desde las tribunas, una ovación desde el alma, como cuando portaba la cinta y era motor espiritual de los suyos. Ahí se dio cuenta de que valía la pena seguir viviendo.







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