Un sánguche de milanesa y un gesto inolvidable: la historia de superación que unió a Rodrigo De Paul con un repartidor de Boulogne
Walter Ortiz tiene 35 años. Sobrevivió a adicciones y un grave accidente. Recibió un generoso gesto del crack de la Selección. Un relato de segundas oportunidades y de la sencillez de un ídolo que no olvida sus raíces.

Walter Ortíz y Rodrigo De Paul protagonizaron un encuentro que marcó para siempre al repartidor depedidos de Boulogne.
La tarde del domingo 29 de marzo parecía una jornada más de «remarla» para Walter Ortiz y de descanso para Rodrigo De Paul. El repartidor de la firma Pedidos Ya y vecino de Boulogne buscaba desesperadamente completar 12 envíos para acceder a un bono de 15 mil pesos, un refuerzo económico que la aplicación ofrece cuando el clima se pone difícil. Sin embargo, el destino le tenía reservada una sorpresa que ningún algoritmo podría predecir. Pero sí «el Rodri».
Todo comenzó con un pedido en el Bodegón del 9, un clásico club de barrio en Boulogne. Al ver el nombre del cliente, Walter no pudo evitar la incredulidad: Rodrigo De Paul. «Lo primero que me salió fue reírme y pensar quién fue el boludo que se puso así, para joder. Entro al local y digo que vengo a buscar un pedido de Rodrigo, no quería decir De Paul por si me cargaban», relató el repartidor. El pedido era la definición misma de la argentinidad: un sándwich de milanesa con papas fritas.
A pesar de que Walter suele evitar los pedidos en efectivo por seguridad, la necesidad de llegar a la promoción lo impulsó a aceptar. Al llegar a la dirección, la duda se disipó de golpe. A unos 50 metros, un hombre le hacía señas.

Era él. «Un campeón del mundo podría mandar a otro, pero el tipo se fue hasta la puerta a recibirme. Temblando por tener a un compañero de Messi al lado mío, cara a cara, nosotros dos solos, me bajo y lo primero que le pido si me puedo sacar una foto», recordó Walter con emoción.
La adrenalina fue tal que Walter se olvidó de cobrar. Cuando reaccionó, le avisó al futbolista que el costo era alto y no tenía vuelto para darle. Con la naturalidad que lo caracteriza, el mediocampista del Inter Miami le entregó un billete de 100 dólares y le dijo: «Pero quedátelo».
Sin embargo, para Walter, el dinero fue secundario. Su prioridad fue su hijo, Ale Ortiz, un joven de 15 años apasionado por el fútbol y la edición de un video. El repartidor le pidió un saludo y De Paul, con una humildad bárbara, grabó un mensaje que hoy es el tesoro más preciado de la familia. «Agradezco a Dios me dio la fortaleza de tratar de hablar y ahí pedirle un saludo para mi hijo. Yo temblaba, no podía hablar», confesó.
El encuentro cerró con un gesto que selló la conexión entre el ídolo y el trabajador: «Le doy el sánguche y le digo con todo respeto si le puedo dar un abrazo. Con la sencillez del chabón, que se tomó el tiempo de salir de su casa, me esperó afuera y se quedó charlando conmigo, aceptó».
El gesto de Rodrigo De Paul con un laburante de la calle
Detrás de esta anécdota viral, late la verdadera historia de Walter Ortiz. A sus 35 años, el repartidor es un sobreviviente. Pasó por un proceso de internación en un centro cristiano para superar una larga lucha contra las adicciones, y hoy celebra dos años y medio «limpio». Sin embargo, en medio de su recuperación, la vida lo puso a prueba nuevamente con un accidente gravísimo que casi le cuesta un pie.
Tras ocho operaciones, nueve meses de inactividad y la necesidad de usar injertos y plantillas especiales para caminar, Walter no se rindió. Hace apenas un mes y medio logró comprarse su moto para volver a trabajar. «Dios me dio una segunda oportunidad y este encuentro es como una señal. Hoy estoy limpio, trabajo y mi familia está bien. Poder darle esta alegría a mi hijo fue lo más importante», explicó sobre el significado espiritual que le dio al encuentro.

Walter decidió no astar nunca el billete de 100 dólares; lo tiene guardado como un amuleto de superación. Vive con su esposa, Karina Fernández, quien lleva adelante el emprendimiento de ropa Lola Martina, y sueña con impulsar su carrera como rapero emergente. En sus letras, Walter plasma su arte hablando de cómo se le gana a las adicciones a diario.
«Mi hijo por ahí veía cosas que no tenía que ver, porquellegaba en mal estado y había discusiones. Gracias a Dios, hoy se me están dando las cosas. Le pude dar una alegría enorme a mi hijo. Eso es lo que más me llena el alma. Yo lo motivo a que entrene, que estudie y él me vio superarme de las malas. Ese es el mejor ejemplo que quiero darle a mi hijo. Lo mejor que me pasó fue ese abrazo con él«, subrayó Walter, quien hoy siente que su vida es, finalmente, el ejemplo que siempre quiso ser.
Al volver contó lo sucedido en el Bodegón del 9, que aprovechó el envión publicitario invitando a todos a comer como un campeón, Walter Ortiz sigue recorriendo las calles de Boulogne, ahora con una paz interior que ningún trofeo puede igualar.







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