Es el bisnieto de una de las cocineras más grandes del país y ahora tiene su propio restaurante en Quilmes
Federico Vázquez, heredero de una pasión culinaria, inauguró «Cotta Restó». Busca recuperar sabores de la infancia y la generosidad de «Mamina» en una experiencia a puertas cerradas.

Federico Vázquez, bisnieto de Blanca Cotta, a la izquierda, junto a su cuñado Tomás y su suegro, Fabián Gago. Juntos abrieron Cotta Restó en Quilmes.
Hay nombres que en la Argentina no necesitan presentación porque forman parte del patrimonio emocional culinario de cada hogar. El de Blanca Cotta es, sin dudas, uno de ellos. Y hoy Quilmes lo siente muy de cerca con un nuevo restaurante, Cotta Restó, que llega al sur del GBA de la mano de su bisnieto.
Durante décadas, la menuda figura de Blanca y sus dibujos explicativos en revistas como Anteojito o el suplemento del diario Clarín fueron la guía de supervivencia y placer para millones de cocineros aficionados. Sin embargo, en el pago quilmeño ese mito tiene una dimensión mucho más humana y cercana ya que detrás de una fachada discreta, un pasillo pintado con la geometría colorida del estilo Mondrian conduce a un salón donde el aroma a pan recién horneado y estofado casero lo inunda todo.
Allí, el apellido Cotta preside la escena, pero no desde la nostalgia de un museo, sino desde el calor de un emprendimiento que busca honrar una forma de entender la vida: sentarse a la mesa para compartir. El alma de este proyecto es Federico Vázquez, un joven de 25 años que carga con un linaje de peso, pero lo hace con una sonrisa que denota orgullo más que presión.

De los nueve bisnietos de la mítica cocinera, Federico es el único que decidió que su destino estaba entre ollas y sartenes. Actualmente cursa sus estudios en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG), pero su verdadera maestría la hizo años atrás, en las tardes de juegos y harinas junto a su bisabuela. Para él, Blanca no era la celebridad de la televisión; era simplemente «Mamina», la mujer que le preparaba un lemon pie para cada uno de sus cumpleaños y que, con paciencia infinita, le enseñó los rudimentos de un oficio que hoy es su motor.
“Mi bisabuela fue una persona muy importante en mi vida y marcó mucho lo que hoy es mi pasión, que es cocinar”, relata Federico, quien incluso llegó a aparecer en publicaciones gráficas junto a ella cuando era apenas un niño con ganas de ayudar.
La apertura de Cotta Restó en enero fue el resultado de una charla familiar y una necesidad de canalizar el afecto. Junto a su suegro, Fabián Gago, y su cuñado, Tomás, Federico decidió que el nombre del lugar no podía ser otro. Era un «mimo» necesario para la mujer que lo inspiró. Gago, un extécnico anestesista que pasó décadas entre los quirófanos de Capital Federal y la zona sur, decidió que era momento de darle rienda suelta a su «cable a tierra»: la cocina.

«No importaba la hora a la que volvía a casa, me ponía a preparar algo rico. La única diferencia es que ahora lo hago para 26 personas«, confiesa Fabián entre risas, mientras se encarga de amasar desde el pan que llega calentito a las mesas hasta los fideos que son la estrella de la noche.
El legado de Blanca Cotta, en Cotta Restó
El menú está diseñado como un viaje de cuatro pasos que no escatima en porciones ni en sabor. La velada comienza con una picada fría que da paso a una caliente, donde la tortilla de papa, las empanadas y una fainá de la casa con una «vuelta de rosca distinta» preparan el terreno para el plato principal. Los comensales pueden elegir entre risotto o sorrentinos caseros (de osobuco, calabaza o clásicos), todos elaborados con ingredientes seleccionados minuciosamente.
Pero el clímax de la cena ocurre en el postre, la sección que Federico reclama como propia y donde el legado de Blanca brilla con más fuerza. Allí aparece el salame de chocolate, un dulce icónico que marcó la infancia de varias generaciones y que el joven chef lleva tatuado en su brazo izquierdo como un símbolo de identidad. “Los postres son mi parte del menú y es mi regalo para ella”, confiesa mientras atesora aquel ejemplar de ‘Cocina divertida para chicos’, el libro ilustrado que Blanca escribió para despertar la curiosidad de los más pequeños.

La logística del restaurante ubicado en Andrés Baranda al 500 es una coreografía familiar perfecta. Mientras Federico y Fabián comandan los fuegos, Tomás se encarga del servicio de salón.
La estética y la decoración corren por cuenta de Cecilia, esposa de Fabián y profesora de arte, quien también actúa como asesora de imagen del proyecto, mientras que su hija Antonella es la encargada de que la propuesta llegue a todos a través de las redes sociales.

A pesar de la estructura profesional, el objetivo es mantener la mística de las puertas cerradas: que el cliente sienta que está entrando a una casa amiga. «Blanca no era una chef: era mucho más, una cocinera de casa, cocinaba para la familia, para los nietos, los bisnietos y para ella misma. En la mesa siempre había una cantidad de comida increíble. Y eso es lo que queremos ofrecer acá: comida casera hecha 100% por nosotros», define Vázquez con claridad.
Aunque el joven reconoce que portar el apellido Cotta en Quilmes –donde Blanca fue una vecina ilustre y muy querida– genera una responsabilidad extra por «no defraudar», el apoyo de su entorno y la respuesta del público han sido el mejor termómetro para confirmar que va por el buen camino. Por ahora, el restaurante abre sus puertas solo viernes y sábados, pero la ambición de Federico es convertir esta pasión en su único trabajo. Por ahora, las reservas deben hacerse en sus redes sociales ingresando a este link.
Cuando el servicio termina y las mesas quedan vacías, el joven cierra los ojos y recuerda la sonrisa pícara de su bisabuela. Sabe que, en cada plato que sale de su cocina, hay un pedazo de esa historia que comenzó con dibujos y recetas simples, y que hoy continúa alimentando el alma de los vecinos del Conurbano bonaerense.







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